El Bosque.

Sueños.

La atmósfera tenía un color amarillo, como el que deja la lluvia a veces por las tardes, el aire fresco y el olor a petricor.
El perderme en los videos de la construcción de los paísajes de montañas de Bob Ross, me dejaba bastante información visual, en la humedad del otoño, subía a jugar a la azotea, la vasta hiedra creciente del solar abandonado de a lado, el cielo nublado y el olor a tierra mojada me transportaba a un ambiente rodeado de montañas, ríos, cabañas, silencio y naturaleza.
(Algo muy lejos de representar Reynosa)

Olas de mar.

Sueños.

Despertaba en una casa en la playa de Cancún, salía por la puerta trasera de la cocina a ver el mar, el sol de medio día brillaba en el azul turquesa del mar, pero algo no andaba bien, las olas que se supone que debían romperse al tocar la arena, hacían movimientos oscilatorios hacia la derecha.
Sabíamos que era mal augurio y salíamos en una camioneta hacia la calle, de pronto una ola gigante cubría los edificios, yo salía por una de las ventanas del auto, y mientras trataba de llegar a la superficie, veía entre el agua a la gente, carros y edificios, desperté.

La Piñata.

En mi infancia con frecuencia se borraba la línea entre la fantasía del sueño o la imaginación y la realidad.

En una ocasión mi madre nos llevó a una «piñata», como se le conocen o conocían aquí a las fiestas infantiles de cumpleaños.
Al menos cuando yo era niña era muy común que la fiesta fuera en el patio trasero de la casa y para ayudar a localizar mas pronto la fiesta a los que no sabían exactamente bien donde era, se ponían globos en las rejas, no se por que, pero me encantaba ese detalle, se me quedó super marcado en la memoria.

En la vida real si fuimos a esa fiesta, pero no se en que momento la segunda parte del día la confeccioné con el sueño de esa noche, al salir de la fiesta el cielo estaba marcado por el día y la oscuridad de la noche, sin crepúsculo, sin degradación de la luz, como si fuera un cambio drástico entre la noche y el día.